LA LOCA

© Fernando G. Toledo

 

Es que de cuando en cuando La Loca tiene pesadillas. Ve cuadros impresionistas (impresionantes) hechos con vellos de nenitas y vísceras pintadas con aceite. Entonces se despierta y vomita en los papeles ajados y garabateados con las cosas que La Loca escribe por las noches en que se duerme muy tarde. Después de cada pesadilla viene un baño de espuma con agua fría que La Loca no siente así porque jamás se bañó en agua tibia. La Loca se quita todo el maquillaje y se viste a medias de una manera verdaderamente hermosa, más hermosa que los poemas de La Loca cuando no puede dormir. La Loca sale a la calle, no sin antes apagar todas las luces y abrir todas las ventanas de par en par, de impar a impar.

LocaSiempre encuentra a alguien y La Loca levanta su falda para arrastrar así a la realidad todo lo que La Loca lee (como si lo besara) en los libros. Yo no duermo más a esa hora desde una noche en que La Loca se frotó contra mi puerta e hicimos el amor como si nos ahogáramos en el barro. Casi siempre me abre las piernas y yo paso sintiéndome más que amante, huésped.

Y una noche, en una pesadilla, La Loca soñó con bebés. Ese día había comido galletas rellenas despegándoles con los dientes la crema y anduvo descalza y desnuda durante toda la tarde.

Soñar con bebés creo que es igual a caer de cabeza a una pileta espesa llena de miel blanca. Tener pesadillas con bebés debe de ser lo mismo más una cloaca oscura y caliente entre los ojos y los agujeros de la nariz.

La Loca soñó con un bebé dentro de su mismo útero. Un bebé que nadaba hacia afuera por entre esas paredes rosadas y con un perfume exquisito que yo también amo. Lo cierto es que La Loca soñó con su hijo que nacía más bello y más muerto que unas orquídeas de papel. Lógicamente, La Loca despertó como si renaciera en un infierno particular y a medida.

Anoche, la noche que siguió a la noche del sueño, La Loca salió a la puerta de su casa con pesadillas en los ojos, lágirmas en las pestañas y la boca en un cigarrillo. Chelo, el de la esquina, diariero viejo, volvía temprano a su casa con un periódico en el sobaco y la primera plana inmensa que decía qué se yo cuántas cosas sobre un nacimiento múltiple del que no habían quedado más que las esperanzas.

La Loca, siempre vista de lince, leyó los titulares y se abalanzó sobre Chelo como una gata salvaje que era, rasgándole los diarios, los brazos y casi los ojos. Chelo había tenido siempre hambre de La Loca y el bocado no le había traspasado jamás la bragueta. De modo que desde mi ventana, allá arriba, lo vi cuando agarraba a La Loca y la golpeaba primero, la golpeaba después, mientras La Loca se retorcía por ella y por el bebé del sueño.

De repente, Chelo sacó el puñal quién sabe de dónde, el brillo me dio en el ojo a través del vidrio y bajé corriendo la escalera. La Loca me vio y sonrió entre los golpes y, cuando descendió mi martillo, destrozó aquellos huesos de tal forma que por un instante creí que golpeaba una maderita. Lo enterramos por ahí, tan bien escondido que no me acuerdo ya dónde. La Loca y yo volvimos a mi pieza y allí, haciendo el amor ese que hacemos, nos limpiamos la tierra y la sangre con las sábanas y nos dormimos así, como seguimos durmiendo ahora, en boca de todos los chismes del barrio, abrazadas las dos, locas las dos, dormidas y soñando sueños que nunca han vuelto a ser pesadillas.

Publicado en Zapping, suplemento de Diario Uno, en 1994.

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LICENCIA PARA MATAR

© Fernando G. Toledo

 

Y lo maté. Con una inquietud acusada, simple y decidida. Lo maté dulcemente, pero lleno de furia. Fue sólo separar los párpados, despegarme de mi lecho, salir del sueño: despertar.

Me bastó para decidirme recordar su voz, su torpeza. Bastó con juzgar sus actos, en especial su falta de actos. Porque no es la inhumanidad lo imperdonable, sino que siendo inhumano, la inhumanidad existe. Y entonces me lavé la cara y me dije al oído: «Lo mato».

Salí al patio, miré el color que cargaba el cielo ese día y me vestí a tono. Observé bien las fotos que tenía de él, para no olvidar su rostro, y elegí una en la que se lo veía muy sonriente y un poco despeinado: es decir, la mejor. Dudé un poco de mi propósito puesto que, bueno, el muchacho al menos sonreía; pero volví a lavarme la cara y eso fue suficiente para no perdonarlo por algo así, posiblemente casual o producto de una foto mal tomada.

Salí a la calle, como siempre por la ventana, y mientras caminaba pisé a tres hormigas, como para ir ejercitándome en el ejercicio de exterminador. Me detuve y palpé el cuchillo que iba escondido debajo de la suela del zapato izquierdo. Atardecía.

Esperadamente lo encontré a la vuelta de la esquina. Me saludó con miedo, como si ya supiera que todo acababa. Le clavé el puñal en el ombligo y, automáticamente, sonrió como en la fotografía. Juro que sentí un temblor altruista cuando le clavé el cuchillo en el vientre. Derramó cuatro gotas seguidas de sangre y después me cansé de contarlas.

Volvía a casa alegre y risueño. Sentía como mi boca involucraba a todos los músculos de la cara para lograr una buena sonrisa. Mientras advertía esto, mi sentido profesional me obligó a corroborar si había asesinado al hombre correcto. Pero no fui a buscar la fotografía: fui derechito al espejo y sonreí, satisfecho de mi efectividad. Errar no es humano. Anochecía.

 

Publicado en Zapping, suplemento de Diario Uno, en 1994.

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