La belleza de la espera

mayo 10, 2009

Por Claudia Masin

«El tránsito es a la distancia / Lo mismo que la palabra al silencio» escribe Fernando G. Toledo en uno de los poemas de este libro. El viaje será entonces un modo de intentar asir lo inasible, un movimiento pleno de «furor» e «inutilidad», como escribe Antonio Gamoneda en la cita que cierra la obra. Una travesía cuyos puntos de llegada y de partida son espejismos que dejan al viajero detenido en una tierra de nadie en la que confluye el ansia de lo que va a venir con el desencanto de lo que ya no está. Como si hubiera un tiempo suspendido, una historia que no ha dejado nunca de suceder, con la cual no podemos entrar en contacto jamás, excepto –tal vez– en ese viaje inmóvil de la escritura, donde es posible recuperar lo perdido aunque sólo sea para volverlo a perder: «Debo andar Debo buscarte Escribir: / Debo perderte esta noche de nuevo».
Fernando G. Toledo nos muestra en estos poemas que hay una belleza que crece más allá del apego y la avidez, de todo intento de posesión y de conquista: la pura belleza de la espera. Nos dice que hay una manera de viajar que consiste en quedarse quieto y dejar que el universo mismo se acerque: dejar de buscar para que –entonces sí– lo que tenga que aparecer, aparezca.
Vive en esa idea toda una concepción de la escritura poética: ya no se trata de una acción sobre el lenguaje, sino de una paciencia que es capaz de soportar la inmovilidad y el silencio hasta fusionarse con aquello que la toca y la conmueve. La poesía sería, ella misma, esa espera, ese viaje inmóvil donde finalmente sucede el encuentro imposible, la confluencia que –como un fogonazo– da su luz y se retira, pero antes de apagarse irradia en los poemas ese «resplandor de las cosas / A las que ya no se puede llegar».
Viajero inmóvil, como todo libro extraordinario, es eso: el lugar al que se llega después de mucha paciencia, y en el que se vive con la delicadeza de quien sabe que el misterio de las cosas, de los otros, de nosotros mismos, no es un destino que pueda ser alcanzado sino una intensidad, un halo que nos ronda desde siempre pero que sin embargo sólo a veces –muy raramente– se nos revela.

Marzo de 2009

 

(Prólogo al libro Viajero inmóvil, 2009)

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(Toledo) es un poetazo. Y Hotel Alejamiento es uno de los mejores libros de poesía que se han editado en Mendoza en los últimos años.

Julio Rudman, en El candil (Radio Nihuil, setiembre de 1998).

Gracias por tus libros

octubre 30, 2006

Por Rodolfo Braceli (*)

Fernando, buen día. Gracias por tus libros. Por permitirme compartir tu ardua pulseada entre el lenguaje y el silencio. A tus libros los tengo en el sitio de la biblioteca en el que sólo late poesía. Adentro de los poemas, a veces se suelen esconder poemas absolutos (…).

 

(*) Carta personal al autor, 16/10/2003.

Transparencia y lucidez

octubre 30, 2006

Por José Luis Menéndez (*)

Poesía reconcentrada y filosa, que no admite distracciones ni prisa. Lo mismo que si fueran alfileres ocultos en el almohadón de una silla, los poemas de este libro se juntan, con todo disimulo, metidos entre hojas pequeñísimas, austeros de extensión, leves de carga, para turbar la paz de los lectores desprevenidos. Este Diapasón resulta, pues, inaccesible sin una predisposición al esfuerzo recreativo y al propio compromiso de quienes hayan de leerlo, porque sus cuerdas producen muy pocos acordes consabidos o neutros, muy pocos versos obedientes al mandato de los sonidos que ya se conocen de memoria. Cada poema contiene, por el contrario, una nueva sorpresa, una revelación lúdicamente escondida.

Se trata, además, de un libro bien demostrativo de los nuevos conceptos que hoy inciden con intensidad dentro del género. Poetas anteriores lo han sido con la idea de que escribían por algo y para algo. Hoy tal cosa parece innecesaria. No para que la poesía se calle (aunque se nutra de silencios) sino para que puje y se disperse (aun como en Toledo, con giros de aparente inocencia) hacia otras búsquedas y otras insinuaciones. Súbitamente, un poeta joven y cercano protesta contra quienes, desde grandes sitiales, han escritos para otros “las cosas que él necesitaba”, y lo han puesto en un tiempo que “no le pertenece”. Siente, por lo tanto, el hecho de escribir como una vía para su inserción en un espacio que todavía no existe. Y entonces, con la naturalidad de quien mira cada soledad desde la suya, de quien contempla simplemente la hierba, pero hasta enverdecerse los ojos, Fernando escribe desde la Nada, sabiendo, además, que lo hace casi seguramente para Ninguno. Su poesía, adquiere, de tal modo, una transparencia exquisita. Y se instala en el plano que sugiere uno de sus referentes visibles: Issa, el gran maestro del haiku: “En este mundo, encima del infierno, viendo las flores”. Dicho de otro modo: una poética indiferente a la vaciedad de las salas, incrédula de las propias palabras como constructoras de virtud, pero consciente de que basta que un cuerpo se desnude para que recobre su forma verdadera. Acosada, en suma, por grandes dudas ontológicas, pero serena y digna.

El poeta se apoya, en su camino, sobre una palabra tutelar, una especie de piedra que se llama silencio, y que paradojalmente libera en su caída otras palabras –efímeras y dudosamente necesarias, pero inevitables– en el agua del poema. Deducir entonces: la poesía que nunca habrá de ser oída, es silencio. Un silencio barroco, pesado. Pero nunca vacío sino interrogador. No el silencio del cual “se parte”, como un gran desconocimiento originario, sino el silencio del futuro, es decir, aquél adonde “se llega” luego de probarlo todo. El llanto de un bebé –“ese gesto aún sin domar de la especie”, como dice el mismo Toledo– que algún día habrá de transformarse en el eco de todas las palabras que han trazado su olvido. Una fervorosa desazón, o el hombre que un día se vuelve incapaz de reconocerse. Obra, en fin, provocativa y coherente, estructurada desde una vigilia racional, y resuelta sin artificios ni vacilaciones. Escrita con el mismo encanto de quienes van dejando de nombrar las cosas, por primera vez.

Por José Luis Menéndez (*)

 

Hotel Alejamiento (editorial Diógenes), de Fernando G. Toledo.
¿De dónde se aleja un joven de 24 años, de qué hotel abandonado como si fuera el último? Por momentos pensamos: “Se aleja del silencio”. “Se aleja de lo que hace dudar, de lo que hace volar el verso entre preguntas y comparaciones”. “Se aleja del mal”. Pero sucede que nunca se aleja demasiado. El silencio, nos dice, “es lo que atrae los cuerpos”. Sus movimientos, conducidos por una pluma llena de certidumbre, acaban en una cita de Cioran: “haga lo que haga, siempre cuenta para mí lo que no he hecho”. Es decir, aun con el decir seguro, llegamos a una ambivalencia esencial. ¿Y el mal? ¿No es también un contra-deseo motriz? El poeta, por tanto, se orienta al horizonte, pero sintiendo el pulso y la carga de todo lo inmediato. Toledo es una historia capaz de reiniciarse. O al revés: un ausente de las vueltas en círculo y de los laberintos clausurados. Por eso puede nombrar a Prometeo o beber, si es preciso, en el Edén, veneno de serpiente. Puede afirmar: “Un paraíso sin salida es una cárcel”. Y defender que somos, inevitablemente, “la necesidad”, aunque nunca vayamos a saciarla.

 

(*) Publicado en Los Andes, el 31/1/1999.

Por Andrés Cáceres (*)

 

El pequeño libro de poesía Hotel Alejamiento –pequeño formato, pocos versos– llama doblemente la atención, en estos tiempos paradojales para la escritura: dificultad para publicar y avalancha de textos, la mayoría prescindibles.

Llama la atención porque hay denso contenido y porque el autor, Fernando Toledo, con veinticuatro años, debuta en el formato libro.

Sus poemas tienen el rasgo distintivos de las primeras obras: están escritos más para sí mismos que para los otros.

Contrariamente, traslucen una fuerte personalidad, una voz meditativa y lacerante, un decir que cromatiza tiernamente los hilos del escepticismo.

Toledo tiene todo el fervor y la utopía que convoca la juventud y al mismo tiempo la mirada poética, que ve el mundo del revés, al trasluz y por eso le descubre aristas que se nos qeudaban ocultas tras las persians de lo urgente y de lo cotidiano.

Ciertamente, algunos de sus poemas están cerrados a cualquier intento de penetración lógica. Sólo la vía intuitiva permite el ingreso pero no se trata de un cerramiento consciente, sino, por el contrario, de una sonda hacia lo inasible: “Hemos volcado / Sobre los granos de las horas / Y hoy rasgaron el agua / Para que escribamos”.

El tono predominante de sus versos, elegíacos, intimistas, es sereno. Pero de una serenidad esencial, la que surge del despojamiento del ropaje que impide ver a la poesía en todo su esplendor y su pobreza: “Se peina como en un manual de instrucciones / Arremete musical / Desnuda es maldita como un iceberg / Yace de mí salpicada / El horizonte / Entendemos / Es un deseo recostado // Ahora somos dos animales sin sus ansias / Somos dos revólveres disparados / Somos / Entendemos / Una raza sencilla / Y el cielo está aquí con nosotros / Entre las sábanas”.

A diferencia de la mayor parte de los primeros libros, Hotel Alejamiento es un acierto de juventud: está escrito con una autenticidad y la necesaria cuota de talento para las letras. Citamos su “Identikit”, para ejemplificar sobre la intución poética contenida en su mejor expresión: “Una espada / Forjándose / Con la sangre / A derramar”.

Hotel Alejamiento forma parte de la colección La Mesita de Luz, que publica editorial Diógenes bajo la dirección de Rubén Valle. Su autor, Fernando Toledo, cursó estudios de licenciatura en Comunicación Social y ejerce el periodismo desde los diecinueve años.

Actualmente se despempeña como redactor, editor de espectáculos y crítico de cine en el diario Uno y es redactor y crítico de la revista Ubu-Todo teatro. Este año obtuvo mención en el certamen literario Vendimia.

 

(*) Publicado en Los Andes, el 6/12/1998.

Por José Luis Mangieri (*)

 

Fernando G. Toledo nació en 1974, es decir, a la fecha cuenta con insolentes 24 años. Éste es su primer libro, cuyo título Hotel Alejamiento yo corregí automáticamente poniendo una “o” donde iba una “e”. Problemas de generación, por supuesto. Título exacto para este libro del extrañamiento. Toledo toma siempre distancia, aunque escribe siempre desde adentro. No hay paisaje, no hay geografía. Sólo uno o dos sujetos humanos, a lo más. Él y el otro femenino. De los que irrumpe una erótica poderosa: “Lamías mi sexo con avidez / El atardecer ahuyentaba muertes y fantasmas / De un modo u otro / Tu saliva se parecía / A la lluvia que mañana iba a caer sobre el pasto”. Y está el Toledo que (se) describe, que se extraña, que se hace un observador impiadoso pero que nunca está afuera. Nunca detrás de un vidrio. Estira la mano y toca, aunque él ya sabe que va a doler: “Frota el viento a la Tierra / Como a la lámpara de Aladino / Todo es en vano: / Arriba está el cielo / Abajo no hay un mísero deseo cumplido”.

Los ’90 están dando una generación poética con voz firme y propia. Lo comprobamos en Buenos Aires con los “perritos de ceniza” de que habla Fabián Casas. Reconforta conocer otras voces jóvenes que se van sumando a pesar de la distancia, maldición argentina. Hace un todo imposible de sortear. La poesía, siempre lo digo, es el género de la resistencia contra la fealdad del mundo. Bienvenido este nuevo resistente.

 

(*) Poeta y editor. Creador de las legendarias editoriales La Rosa Blindada y Libros de Tierra Firme